domingo, 6 de diciembre de 2015

Columna San Cadilla Mural - 06 Diciembre 2015

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Un partido de infarto

Algunos futbolistas sobresalen por su talento en los pies, por su carisma, por sus hazañas o por su eterna entrega en el campo. Algunos pasan a la historia porque parecen invencibles, imparables, como si sus cuerpos fueran unas auténticas máquinas. No dar un balón por perdido es una de las principales consignas de los equipos antes de los partidos, pero pocos lo hicieron como el uruguayo Juan Eduardo Hohberg, quien le hace todo el honor a la tan conocida garra charrúa.

ADOPCIÓN

Juan Eduardo Hohberg (Córdoba, 8 de octubre de 1927) se mudó con su familia a Montevideo, se convirtió en uruguayo y en un ídolo en su país adoptivo. Se enamoró de los colores del Peñarol y en poco tiempo se ganó el cariño de la afición aurinegra.

La gente lo quería porque se trataba de un futbolista entregado, potente, de enorme desgaste físico, remate fortísimo y capacidad goleadora. Había descubierto el futbol en el Central Córdoba, en su ciudad natal, donde jugaba como portero. En un torneo organizado por el Rosario Central, le pidieron que se pusiera de centro delantero, porque el equipo no se completaba. Hizo dos goles y a partir de ese día no quiso volver a defender la portería.

Debutó en la Primera División con el Rosario Central, que había quedado enamorado de él por su desempeño en ese torneo amistoso y, en 1949, pasó al Peñarol, al que le marcó otro par de goles en un torneo amistoso internacional.

Hohberg pasó a la historia como uno de los grandes de los Mirasoles, pues con ese elenco conquistó seis títulos de Liga entre 1949 y 1960, un año antes de su adiós definitivo al futbol profesional.

Naturalmente, fue convocado a la Selección de Uruguay, con la que jugó la Copa del Mundo en Suiza 1954, en la que la Celeste defendió el título conquistado en Brasil 1950.

EL OTRO JUEGO DEL SIGLO

El título del Partido del Siglo ha sido utilizado en varias ocasiones en la historia de la Copa del Mundo. Se trata de episodios que todo aficionado ha de conocer porque se consideran patrimonio del futbol.

Juegos como el Brasil-Uruguay (1950), Italia-Alemania, Brasil-Italia (1970), Brasil-Francia y Argentina-Inglaterra (1986) fueron llamados así en su momento, pero pocos hablan del choque entre Uruguay y Hungría en 1954.

Era la ronda de Semifinales, el 30 de junio, en el Estadio de La Pontaise. Hungría llegaba como una máquina de futbol, espectacular y liderada por el legendario Ferenc Puskas, quien en ese encuentro no pudo alinear porque estaba lesionado por un golpe en un duelo anterior, frente a Alemania.

Uruguay llegaba con la etiqueta de favorito, por su condición de bicampeón del mundo, tras sus conquistas en 1930 y 1950. Habrá que decir que la ausencia de Puskas hacía a la Celeste un poco más favorita.

Pero Hungría se puso adelante con goles de Zoltan Czibor (14') y Nandor Hidegkuti (46'). Sin su líder y capitán, el elenco magiar se encaminaba a una victoria que lo pondría en la Final, pero la Celeste reaccionó y Hohberg estuvo muy cerca de convertir en dos ocasiones, pero falló.

Uruguay insistía, mientras Hungría esperaba con una defensa impasable de siete elementos. A falta de 15 minutos para el final, Javier Ambrois y Juan Schiaffino se combinaron para dejarle el balón a Hohberg, quien logró marcar el primer gol charrúa.

Para los uruguayos se trataba de un momento decisivo. Era despedirse de la Copa del Mundo o conseguir la hazaña, así que se lanzaron con todo al ataque. Hungría no podía contener el vendaval, aunque lo intentaba.

A 4 minutos del silbatazo final, nuevamente Schiaffino se coló como pudo al área húngara y dejó el balón para Hohberg, quien se quitó al portero Gyula Grosics y encontró el espacio suficiente para disparar con la potencia que lo caracterizaba, hacia arriba, para marcar el gol del empate 2-2.

El estadio estalló en júbilo. La gente simpatizaba con la Celeste, por su audacia y tenacidad en ese juego. La hazaña era real, tras ir 2-0 abajo, el equipo sudamericano había mandado el juego a tiempo extra.

Mientras los húngaros se pedían explicaciones y se lamentaban, los charrúas festejaban en una montaña humana encima del héroe del día, Hohberg, quien había brindado una de esas actuaciones de entrega total, sudor y potencia.

Cuando el equipo uruguayo se levantó del césped y dejó espacio para que Hohberg se alzara victorioso, eso simplemente no sucedió. El goleador permanecía tirado, sin moverse, fulminado.

El cronista de radio Carlos Solé, quien transmitía el partido para su país desde Lausana, pasó de gritar con euforia el gol uruguayo al silencio, como el resto del estadio. El heroico delantero había sido asfixiado por sus compañeros en el festejo y no tenía signos vitales.

Juan Eduardo Hohberg estaba muerto y así permaneció por 15 segundos. Su corazón, acostumbrado por años al eterno esfuerzo, despliegue físico y emociones fuertes, había cedido en la cancha de La Pontaise.

Las miradas, las cámaras y sus flashes apuntaban al inerte Hohberg, mientras el cuerpo médico de la Selección se esmeraba en darle masajes cardiacos y respiración de boca a boca.

El kinesiólogo Carlos Abate se convirtió en un segundo héroe. Le suministró por la boca coramina, un estimulante cardiaco cuyo uso era común en aquellos tiempos, y revivió a Hohberg.

IMPENSABLE REGRESO

La prórroga arrancó con el partido 2-2. Uruguay jugaba con 10 hombres, en ausencia de Hohberg, pues entonces los cambios no estaban en el reglamento del futbol. Terminaban el partido los 11 que lo habían iniciado y, en caso de alguna lesión, el elenco debía jugar incompleto.

La Celeste no podía ceder en ningún sentido. Quería la Final y Hohberg, milagrosamente recuperado tras sufrir un infarto en plena cancha, volvió al juego habiendo descansado en la banca unos minutos.

El héroe charrúa, ante la ovación del estadio y la admiración incluso de sus rivales, participó toda la media hora de los tiempos extra, con la misma entrega y garra de toda la vida.

A final de cuentas, Hungría salió victoriosa, gracias a las anotaciones de Sandor Kocsis (109' y 117'). Esa tarde heroica de Hohberg y la Celeste terminó en derrota, pero pasó a la historia como una muestra más de la garra que se quedó eternamente en la idiosincrasia del futbol uruguayo.

Hungría jugó la Final frente a Alemania, que se quedó con el título del torneo en otra de esas historias heroicas que se llamó el Milagro de Berna, pero eso es capítulo aparte.

CORAZÓN ETERNO

Hohberg jugó futbol otros siete años y continuó conquistando corazones de aficionados al futbol con su lucha en la cancha y sus goles. Fue un ídolo del Peñarol y se retiró en Colombia, con el Deportivo Cúcuta, equipo en el que comenzó su carrera como director técnico.

Dirigió en Colombia, Perú, Grecia y Uruguay, donde estuvo al frente de su amado Peñarol. Fue técnico de la Selección uruguaya, a la que llevó al cuarto lugar del Mundial de México 1970.

En 1977 se retiró de la Selección y del oficio de entrenador, y se fue a vivir a Lima, con su familia. Ahí murió, por segunda ocasión, en 1996, a los 68 años.

Mail: san.cadilla@mural.com
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